El cultivo del tomate (parte 2)

Fran >

Como continuación del apartado anterior referido a las claves para la siembra del tomate, no se puede dejar de señalar que siempre es recomendable sembrar las tomateras con raíz a unos cuantos centímetros unas de otras, dentro del escaso espacio que se suele tener en los huertos urbanos. En huertas de campo abierto a unos 50 cm una planta de otra y en pequeños receptáculos urbanos, como mínimo a 10 cm. Cuando se trata de las de tipo arbustivo, la separación entre la plantas debe ser mayor que en el caso de las fusiformes. Lo que no variará para ninguno de las dos clases, es que ambas necesitarán mucha agua y sol. Siempre es conveniente que cuando la planta muestre sus primeros minúsculos frutos, se la refuerce con algún abono rico en potasio; éste se suministraría en cada sesión de riego.

Evidentemente, no ocurrirá lo mismo con las semillas, que se dejarán caer, aunque también se debe evitar la acumulación de las mismas en el mismo espacio. La siembra de semilleros debe hacerse al comenzar la primavera en espacios abiertos, y en invernaderos siempre conviene mantener una temperatura mínima de 10 ºC.

En caso de que adquiramos las tomateras directamente para trasplante desde un vivero o tienda de jardín, es importante cerciorarnos sobre si se le ha aplicado a la planta el fungicida biológico y el insecticida, necesarios para la protección contra virus.

Al momento del trasplante, se debe tener en cuenta que el suelo debe estar húmedo, pero no encharcado; esto servirá para evitar la deshidratación de la planta. Si se va a trasplantar a suelos secos, se deberá comenzar un riego “pesado”, inclusive con 3 días de anticipación para aflojar su sequedad y facilitar el calado del hoyo con riego previo. Esto último quizá sea aplicable sólo a huertos urbanos medianos de jardín o a invernaderos.

Cuando la tomatera crezca a cierto nivel del suelo –esto se puede determinar a simple vista-hay que evitar que sus pequeñas ramificaciones caigan sin sostén y la planta pierda fuerza para seguir creciendo y desarrollando sus frutos. Para conseguirlo, siempre es recomendable estaquear la planta con una caña o barra de hierro fina, que la supere en altura y que, atándola al tallo, mantenga una posición no sólo recta, sino más resistente al viento y la lluvia.

Riego del tomate

Como lo mencionamos en pasajes anteriores, el 90 % del tomate listo para el consumo está compuesto de agua, por lo que el riego correcto de este fruto es tan fundamental para su crecimiento, que de él depende en gran medida su resultado final.

Hay varios aspectos a tener en cuenta cuando de regar nuestras tomateras o semilleros se trata; es clave una buena distribución del agua en todo el ciclo de riego, sobre todo en las fases de crecimiento del fruto. Y tal como señalamos anteriormente, la necesidad de agua de tomate, no implica que se pueda incurrir permanentemente en excesos de la misma.

En el caso de los huertos urbanos dispuestos en mesas de cultivo, habrá muchas premisas que deben tenerse en cuenta en huertos de campo abierto que no hará falta aplicar; de cualquier forma, también hay otras, que sí es necesario tener en cuenta cuando nos disponemos a regar.

Aún teniendo en cuenta las variaciones climáticas que puede haber de una zona a otra de la geografía nacional, generalmente un tomate crecido adulto requiere entre 1.5 lt a 2 litros de agua diarios, excepto que las precipitaciones aporten esta cuota. Si tomamos como referencia el trasplante del tomate, el riego debe ir de menor a mayor, aportándole poca agua cuando está recién trasplantado, e ir aumentando la cantidad para aportar la cuota necesaria que necesita el crecimiento.

Cuando se trata de huertos urbanos, que es la materia que nos ocupa, es suficiente un riego de gravedad, es decir, con manguera y centrándose principalmente en la base del tallo; se debe intentar evitar mojar las hojas y el mismo fruto, con el fin de protegerlo de la sequedad de los mismos.

Así como el riego es primordial para el crecimiento sano y continuado de tomateras y semillas, la poda se constituye como una instancia muy importante para aportar fuerza al crecimiento de la planta. Las hojas y ramas secas o marchitas restan mucha energía a la planta, y si no se podan esas zonas resecas para reactivar su crecimiento, pueden incluso, contagiarse al resto del fruto y producir la muerte del mismo.